El nuevo orden

Pinta mi imaginación tus rasgos furtivos. Esboza tu sonrisa en una ola y perfila tu rostro en los contornos que el Sol dibuja sobre el mar. Da color a los ojos en la marea mientras la resaca te pone expresión.

En otro orden de cosas, cae el día sobre la playa, cansado de tanto servicio rutinario. Alguien da instrucciones a los peces para que hagan la última escena al tiempo que las medusas se van a desmaquillar. Las algas cerraran la función con un vaivén mecánico. Las primeras gaviotas, después de unas cuantas vueltas en el aire, se ponen a merodear en la arena, pasean altivas su condición de aves para esconder la frustración por no ser águilas o halcones. Los castillos quedan como recuerdo de un día que no volverá, para bien o para mal, su tierra se seca y el atardecer alarga sus sombras. En las torres más altas, regentes invisibles se creen poseedores de un vasto imperio por unos instantes, hasta que los barra el agua salada en danza con la luna o hasta que reciben el mazazo de una pala infantil que aprovecha sus últimos instantes de diversión para destruir lo que hicieron otros. En el paseo, sentado en un banco, el señor con el detector de metales espera a que se vacíe del todo para empezar a rastrear, buscando monedas o anillos, anillas de lata o pendientes que colgaron de alguna oreja, quizá la de una mujer hermosa, piensa él.

El columpio y el tobogán ven marcharse a los críos y quién sabe si suspiran aliviados o se sienten tristes. En la arena quedan las marcas de las toallas y los pareos, rectángulos de arena chafada, las piedras que las sujetaban para que el viento del norte no se las llevara, ahora están apiladas a un lado. Un chico tira piedras planas haciéndolas rebotar en la placidez de las olas infinitas: uno, dos, tres, cuatro, cinco… sonríe, busca otra piedra. Los veleros y barcas anclados en las boyas apenas se mueven, el Sol se va hundiendo tras las montañas fronterizas, dándole al pueblo un último baño de luz anaranjada, en contraste con el blanco de las casas y sus tejados color granate o topacio. Una pareja mayor todavía se baña, flotando en el mar como si fuera una nube de algodón. Más allá, unos niños se tiran una pelota y se imaginan porteros imbatibles. Más lejos todavía, se guardan los kayaks y las tablas de surf. De banda sonora una niña que llora porqué todavía no hace frío y se resiste a retirarse. El agua entra por el canal que alguien ha hecho en la arena e inunda el foso que bordea una construcción algo tosca. No carece de cierta poesía que su arquitecto no lo vea.

platjaY en otro orden de cosas yo, incorporado sobre la toalla desgastada, con los pies medio hundidos en la arena, enciendo un cigarrillo. No sé si, como el columpio y el tobogán, me siento aliviado o triste. La melancolía recorre mi piel llevada por la brisa suave y cálida, al tiempo que una paz difícil de describir me llena por dentro. Me quedaría a vivir en la playa si, a primera hora de la mañana, no empezara a llenarse de gente. Una playa para mí solo desde la que ver la salida y la puesta de sol, desde la que escribir en un bloc de notas manchado lo que pienso y luego dejar que las letras se escapen con el graznido de las gaviotas o se zambullan buscando conchas donde esconderse. O convertir mi dedo en un lápiz y dibujar en la arena todo lo que soy incapaz de ilustrar sobre el papel, hacerlo tan cerca del agua que no me dé tiempo a valorar si es bueno o malo, solo hacerlo. Se me da fatal dibujar. Y recordar los nombres de los árboles. Y leer poesía. Y a veces pienso que se me da fatal vivir y me convenzo a mí mismo que me pondré en un nuevo orden de cosas, que empezaré de nuevo, que esta vez va en serio, que ya verás, que sí, y hago planes y me imagino cumpliendo todo es sinfín de proyectos que tanto se han repetido en mi mente. Ah, engañabobos traicionera. Me levanto. Lanzo una piedra que bota dos veces y se hunde para desaparecer. Sacudo las chanclas y la toalla, recojo. El campanario anuncia que son las nueve. Y te recuerdo en la distancia del tiempo y el espacio, en la dimensión del olvido imposible.

Ya no queda nadie en el mar. El hombre con el detector de metales sigue una rutina impuesta, como hacía el Sol, como mis pensamientos. Como las gaviotas que pasean por la orilla tal que hubieran recuperado algo que les pertenece. La rutina de romper la rutina. Decirse a uno mismo que no, que puedes. Un último vistazo al horizonte que se burla de mí diciéndome “que no existo, idiota” y volver sobre mis pasos, pisar las huellas pero al revés, cambiar el orden de las cosas.

En otro orden de cosas, ni viejo ni nuevo, pinta mi imaginación tus rasgos furtivos.

 

Texto originalmente publicado en dekrakensysirenas.com

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