Cesuras: psiquiátrico cerrado – Habitación 19

Viene de la Habitación 4

“No necesita salir quien no está dentro.” (Habitación 16, @tearsinrain_)

He de moverme. Miro el pasillo, la enfermera camina de espaldas a mí hacia la habitación donde están los celadores sedando a la paciente que gritaba y que me ha permitido salir con la ayuda del anciano que no parece anciano. Salgo de la habitación 4 en dirección al final del pasillo y echo a correr. Acabo de darme cuenta que voy descalzo, no sé si iba así antes, noto el frío del suelo en los pies. Al final del pasillo este se bifurca en dos corredores idénticos. Un pequeño cartel avisa que hacia la derecha se va a las consultas y hacia la izquierda al patio. Hay un patio. Tocando casi al techo un dibujo de un monigote corriendo hacia una puerta, la salida de emergencia. Esto es una emergencia. Ahora siento la necesidad de andar con cierto sigilo, como si en el fondo temiera estarme metiendo en la boca del lobo. Oigo voces y me detengo. Detrás de mí se han dado cuenta que no estoy en mi habitación, empieza la cacería. Soy la presa. Acelero el paso. Por una ventana del pasillo veo a un hombre pasear, con un cigarrillo, cabizbajo, de vez en cuando mueve las manos como si hablara solo.


paciente-19

Aquí sigo un día más, de pie mirando a ninguna parte, mientras siento como se me hiela algo más que el cuerpo en este deprimente lugar sin ventanas, donde los espejos son de plástico y un triste pasillo, que parece infinito, se encarga de articular los espacios y vertebrar nuestras vidas. Todo es surrealista e incomprensible para mí. Apoyado contra la pared y sin nadie a mi alrededor trato recomponer una historia dando forma a recuerdos que no tienen sentido. Desconozco el tiempo que llevo en este edificio desprovisto de relojes, en el que la rutina es la única que aporta coherencia marcando las pautas y dando a entender que otro tedioso día ha pasado. Pero… ¿cuántos? Cuántos días se han repetido dando la sensación de que somos ratones condenados a vivir en una jaula observando las mismas paredes, las mismas caras. Lo desconozco. Desconozco tantas cosas. Lo único que me importa es saber el tiempo que falta para salir, pero aún más importante: ¿saldré?

Todos los días son iguales…

El golpe de luz que dan las lámparas del techo sobre mis parpados y un: “Es hora de despertar” carente de sutileza son los que se encargan de darme los buenos días. Estoy en una habitación individual cuya distribución recuerda a la de cualquier hotel. Se encuentra perfectamente iluminada con tubos fluorescentes colocados en el techo. No posee ventanas y da la sensación de ser un cubo, de color blanco. Al entrar, lo primero que se puede ver es la cama al fondo, tras un pilar sin sentido que me observa mientras reclama protagonismo y dice “Aquí estoy yo, antes que tú.” A mano derecha, existe un diminuto aseo sin ducha, con lavabo, inodoro y alicatado en blanco formando una retícula que hipnotiza. Abro los ojos, después de unos segundos me levanto tranquilamente, aparto las legañas de mis ojos y salgo de la habitación, sin prisas, sé que tengo tiempo suficiente antes de que nos den la señal para acceder al patio interior donde salimos a fumar el primer cigarrillo. Me han comentado que los paquetes de tabaco nos los envían nuestros familiares. Las personas vestidas de blanco los recogen y, “amablemente”, nos los entregan a los que jugamos de uniforme azul celeste. Un color que ha palidecido por el uso que lleva la ropa que nos asignaron. Vestimos de pantalón largo y camisa con mangas que tapan hasta la muñeca y botones que recorren nuestro pecho. Salgo de la habitación para encontrarme con los mismos rostros, parte del familiar paisaje que me acompaña. Da la impresión de que todos son normales, por lo menos todos los que salen a fumar. Nada que ver con el oro grupo. Considero que estoy bien, pero, ¿lo estoy? ¿De verdad mi realidad es igual que la de los que se amontonan a mi alrededor con ánimo de ponerme la etiqueta que da derecho a residir aquí? ¿Cuál es el lugar que realmente nos corresponde en un mudo de locos que luchan por aparentar ser normales?

Después del cigarro, vendrá: desayuno, tiempo para manualidades y dibujo, almuerzo, juegos de mesa y la posibilidad de jugar al ping pong, hora de la ducha, cena, y antes de nuestra correspondiente pastilla para dormir, un rato de televisión. Tras cada comida repetimos la visita al patio para volver a fumar. Nuestro apasionante día a día, que se repetirá sin piedad mientras me pregunto qué está ocurriendo en el exterior. Complementado con interminables caminatas por ese agobiante pasillo. Así todos los días, excepto uno a la semana, en el que después del desayuno me llaman para que me reúna en un despacho asqueroso con alguien que supongo será psiquiatra, doctor Monroy, le llaman.

Desde que llegué me limito a observar. Paso las horas en silencio y utilizo las palabras imprescindibles cuando la situación lo requiere. Un silencio que se ha convertido en mi único aliado, ese que me da seguridad y regala el tiempo necesario para lograr encajar mi presente con un pasado próximo confuso.

Anunciando que un nuevo día va a comenzar, suena la alarma de mi reloj con forma de enfermera y me informa de que es la hora de despertar. Decido no salir a fumar. Aprovecharé el tiempo que tengo entre el cigarro y el desayuno para quedarme tumbado en este incómodo colchón compuesto de muelles, intentando recordar. Trataré de recuperar y ensamblar imágenes que no sé si han llegado a estar o he suprimido por mi propio interés. Tengo que conseguir poner mi cabeza en orden para explicar mi presencia aquí.

Mientras percibo este olor que detesto. Un olor que impregna todas las estancias del edificio, el de unos productos de limpieza extremadamente fuertes capaces de conseguir una asepsia digna de quirófano. Me incorporo ligeramente y recoloco la almohada de manera que me permita estar cómodo frente al omnipresente pilar, que observa todos mis movimientos con ánimo de juzgar. Su posición en la habitación, a la vez que me incomoda y desconcierta, insinúa que no soy nada. Ese tipo de nada cuya ausencia no será capaz de impedir que todo siga girando de manera habitual. Ese tipo de nada a la que no se echa de menos. Flexiono ligeramente las rodillas y mi mirada se pierde entre tubos de luz blanca y líneas dibujadas por la escayola en el techo, antes de empezar a recordar:

Sé que salimos de fiesta un día cualquiera y sin mucho que celebrar. Después de un interminable número de horas en las que al sol de dio tiempo de aparecer y desaparecer sin que nos percatásemos, y cuando aún nuestros pies no llegaban a tocar el suelo, decidimos acabar en mi piso justo antes de un amanecer. En el salón de mi apartamento, tumbado en el sofá que tenía la intención de abrazarme de tal manera que me resultase imposible levantar, con el eco de los graves todavía retumbando en el pecho, estaba junto a David, un amigo de la infancia, y otro, al que acabábamos de conocer y cuyo nombre no recordaba pero identificaba como: Nervioso. Nervioso era un chico simpático y agradable, que a pesar de ser incapaz de quedarse quieto me inspiraba mucha confianza. Por extraño que parezca, me resultaba muy familiar. Ese tipo de personas que, aunque las acabas de conocer, tienes la sensación de que lo conocen todo de ti y tú de ellas. Tan raro como inspirador de confianza. Como si existiesen lazos os unen por haber coincidido en hipotéticas vidas anteriores. Los primeros rayos de sol comenzaban a atravesar las cortinas, cuando David, sacó una bolsa que tenía en el bolsillo y se puso a pintar rayas sobre la mesa de cristal. Al tiempo que nuestro amigo cogía una cajetilla de tabaco, lo que anunciaba el principio de un ritual que daría como resultado un porro perfectamente ejecutado. Mi cometido fue ir a la cocina para traer alcohol y poner música. Sonaba de fondo una sesión de música electrónica maravillosamente oscura, y con tres vasos en la mesa, varias botellas de cerveza y otra de whisky, acompañados por una pérdida total de la noción del tiempo, pasamos horas entre risas y conversaciones irrelevantes antes de que, David, pensara que le había llegado la hora de volver a su casa. Al ver que todavía quedaba alcohol y drogas, Nervioso, que parecía esta muy cómodo y sentirse como en casa, y yo, optamos por continuar. En la siguiente imagen que me viene a la cabeza estoy volviendo del baño, veo a Nervioso de pie en medio del salón, con un cuchillo en la mano y una mirada que anuncia que algo no va bien. A partir de aquí todo se difumina, existen lagunas mentales que quieren encharcar cualquier esfuerzo que hago por recordar. -Tumbado en la cama noto como un sudor frío empieza a cubrir todo mi cuerpo que no para de temblar-. Recuerdo un intercambio de gritos y una lucha interminable antes de que consiguiese salir del piso para encontrarme unos vecinos esperando en el rellano. Parecían haber estado atentos a todo lo que acontecía en el interior. Intentan detenerme pero logro llegar hasta la escalera, y descendiendo los escalones de tres en tres, bajo tan aprisa como puedo. Con el corazón intentando salir por mi boca llego al portal y me tropiezo con unos agentes de policía, que sin mediar palabra, me inmovilizan para colocarme unas esposas mientras no paro de gritar: “Me quieren matar, me quieren matar…” A partir de ahí, no le encuentro sentido a nada. Tengo imágenes borrosas e inciertas de un calabozo. Interrogatorios en los que personas no paran de hacerme preguntas a las que soy incapaz de responder porque estoy aturdido. Pastillas. Inyecciones. Batas blancas que, de manera incesante, no paran de intentar averiguar si todavía escucho voces en mi cabeza. Todo esto hasta verme paseando por el pasillo de este edificio. ¿Qué voces?

Se abre la puerta de mi habitación y entre sudores y temblores me levanto rápidamente, oigo una voz que dice: “Hora del desayuno, no tardes”, la puerta queda entornada y escucho a la enfermera alejarse. Me tomo un tiempo para intentar asimilar todo lo que he recordado. Recuerdos que siguen dando botes en mi cabeza buscando tener sentido. Salgo y me dirijo al comedor atravesando el pasillo que se encuentra completamente vacío. A medida que me acerco puedo escuchar cómo el murmullo producido por las voces que salen de él se incrementa. Llego a la puerta y enseguida veo a cuatro enfermeras colocadas una en cada esquina, vigilando y pendientes de que todo transcurra con normalidad. La cocinera, se encuentra tras la mesa de aluminio a la espera de repartir comida. Como de costumbre. Todos los pacientes están ocupando sus habituales asientos en mesas de seis. Soy el último en llegar y me dirijo a recoger mi bandeja que ya está preparada con un vaso de leche, galletas, dos sobres de azúcar, una cucharilla y un yogur natural. Todo bajo la atenta mirada de la cocinera que muestra la poca simpatía que la caracteriza. Bandeja en mano tomo mi sitio y me dispongo a ingerir mi suculenta ración de otro día más de lo mismo.

Hoy no tienes buena cara, voces –dice el Valedor, que se encuentra sentado a mi derecha.

El Valedor, así le conocen aquí dentro. Es un tipo extraño, que de manera sorprendente parece saber demasiado. Es al que todos se dirigen aquí en busca de ayuda, con la esperanza de que sea él el que los salve del calvario al que se ven sometidos.

Como de costumbre, no respondo, afirmo ligeramente con la cabeza mientras voy mojando las galletas en la leche antes de llevarlas a mi boca e intento ocultar mi cara de sorpresa por escuchar cómo me acaba de llamar. Nunca me había llamado así: voces.

Parece que has tenido visita hoy. Te han visitado recuerdos que no esperabas, ¿verdad? –continúa la conversación con el tono de voz que tienen los que no les hace falta respuestas porque ya las conocen-. La memoria, qué traicionera, capaz de fallar pero nunca a nuestro antojo. Lo suficiente como para que mantengamos una cordura razonable.

Mi nivel de sorpresa e incertidumbre aumenta. No era usual que mantuviese una conversación conmigo y lo estaba haciendo precisamente hoy.

No te preocupes, al final encontrarás respuestas. Están todas dentro de ti esperando a que tengas el valor para hacerlas aparecer. Llegarán más pronto de lo que esperas.

Vuelvo a temblar, derramo la leche y me levanto angustiado. Salgo corriendo del comedor mientras las enfermeras gritan para intentar detenerme. Enfilo el pasillo, llego a mi habitación y me meto en la cama. Sentado, con la espalda apoyada contra la pared, mi barbilla descansa en las rodillas y mis brazos rodean las piernas, mientras miro al maldito pilar y me pregunto qué significa todo esto.

La puerta no tarda en abrirse para dejar paso a dos enfermeras y un celador. Me miran fijamente mientras se acercan a mí muy despacio.

Tranquilízate y acompáñanos –dice una de ellas.

Que me tranquilice, dice. No se da cuenta de que acaba de romperse la burbuja que me aportaba tranquilidad aquí. Mientras los tres jinetes se aproximan, el pilar actúa de espectador con una sonrisa macabra que insinúa: “Es lo que te he intentado decir desde que llegaste.”

Soy consciente de que sería inútil luchar. El celador me saca de la cama bruscamente y, desde detrás de mí, con sus brazos abrazando mi pecho, me levanta un palmo del suelo para sacarme de la habitación, en compañía de las enfermeras que actúan de centinelas encargados de evitar errores. El pasillo toma forma de túnel con una puerta como única salida. Al llegar a ella, una de las enfermeras la abre y entramos. Una silla vacía y, sentado tras un escritorio está la silueta de un hombre que se gira y me mira. El grupo de obedientes soldados se encargan de sentarme en la silla y comprobar que no seré capaz de moverme. Estoy en el despacho del doctor Monroy.

Pueden retirarse –dice con voz tranquila y grave.

Los tres asienten con la cabeza y sin rechistar abandonan el habitáculo como perros bien entrenados.

Intento asimilar la situación, al tiempo que ese asqueroso olor a desinfectante no para de colarse por mi nariz, como si estuviese esnifando rayas de speed rancio que ha pasado días a la intemperie.

Buenos días, ¿cómo te encuentras hoy? –pregunta el doctor Monroy, acostumbrado a mi silencio-. Supongo que seguirás sin querer hablar. Sin recordar nada. ¿Tienes alucinaciones? ¿Sigues escuchando voces en tu cabeza?

¿Alucinaciones? –respondo.

Monroy, me mira sorprendido.

Sí, alucinaciones –repite.

Nunca he tenido alucinaciones– digo mientras intento calmarme y mi cabeza sigue tratando de atar cabos.

Nunca las has tenido, ¿verdad?

Guardo silencio. Él aprovecha la pausa para girar el portátil que tiene sobre su mesa y reproducir un vídeo en el que aparecemos los dos. Me veo sentado frente a él sin parar de repetir: “Querían matarme…” “Querían matarme…” “Unas voces en mi cabeza me insistían en que tenía que impedirlo.” Frases que repetía una y otra vez en un momento que no estaba grabado en mi cabeza y era incapaz de recordar.

– Ahora que has decidido hablar. Entiendo que no sabes por qué estás aquí.

En ese instante vuelven imágenes a mi mente. Nervioso con un cuchillo.

Recuerdo estar en mi piso con un amigo que llevaba un cuchillo, forcejeamos y huí.

¿Un amigo? –pregunta, desconcertado.

Cada vez que abre la boca parece ser la llave que permite aflorar nuevos recuerdos. Me aferro a la silla, agacho la cabeza y aprieto los dientes. Vuelven los sudores y me veo bajando por las escaleras del edificio donde vivo, con la camisa y las manos manchadas de sangre… ¡Sangre!

¿Un amigo? –vuelve a preguntar.

Sí, bueno, amigo… Lo acababa de conocer -digo con voz temblorosa y mirada perdida.

¿No recuerdas nada más?

Me encuentro completamente abrumado. Desconcertado al ver la tranquilidad con la que realiza las preguntas mientras yo permanezco en la silla con la respiración acelerada y sin saber dónde meterme.

Sí, recuerdo sangre –prosigo, con voz casi imperceptible.

– ¿Sangre?… ¿De qué puede ser?

Supongo que en el forcejeo alguno se cortó.

Inútilmente miro mi cuerpo en busca de alguna herida.

¿Pero tú no tienes herida ni cicatriz, verdad?

No, no tengo.

Mi cabeza me bombardea con imágenes en las que estoy luchando. Soy yo, yo, el que lleva el cuchillo, al tiempo que escucho unas voces que repiten sin cesar: “Lo tienes que matar. Si no lo haces tú lo hará él. Lo tienes que matar. Si no lo haces tú lo hará él…”

– Qué hice? Usted lo sabe. Usted lo sabe. ¿Qué he hecho, dígame? Lo maté, ¿verdad? Lo maté y por eso estoy aquí…

Él me mira sin responder. A mí se me cae el mundo encima. Los recuerdos dejan de existir para dejar paso a la imaginación, es ella la que se encarga ahora de llenar los vacíos e intentar darme las explicaciones que necesito.

En tu piso no había ningún amigo –dice-. En tu piso no había ningún amigo –recalca, con total certeza.

Se me erizan los pelos y no puedo apartar la mirada de sus ojos mientras en mi cabeza retumba lo que acaba de decir: “En tu piso no había ningún amigo”

¡No puede ser! No, ¡MIENTE! No estoy loco –lágrimas empiezan a recorrer mi cara-. Usted me está engañando, no estoy loco. NO ESTOY LOCO. Lo dice para dejarme aquí metido –le digo, entre balbuceos-. Vi perfectamente la sangre, ahora lo recuerdo. No me puede mantener aquí encerrado, lo recuerdo. Lo recuerdo perfectamente. No estoy loco. No me haga dudar de los recuerdos. La sangre estaba y no tengo heridas. ¡ÉL ESTABA!

Tranquilízate… Cuéntame, Leo, ¿qué recuerdas de tu novia?…

[@Hora_Teta]


 

Lepaciente-16 conozco, no sé de qué pero le conozco, tengo la sensación de haber mantenido con él alguna conversación. A pesar de tener prisa no puedo evitar quedarme mirándole. Mi cerebro se pone a maquinar a mucha velocidad: las imágenes, el hombre del patio, los colores del pilar. Necesito a mi memoria y se ha dormido, necesito a mi inteligencia pero no recuerdo donde la he metido. El hombre levanta la vista y me ve, alza un brazo señalándome y puedo leer en sus labios algo parecido a: “Ya tengo las respuestas” y al acto, en sus ojos de un gris oscuro, le veo frente a mí con un cuchillo, manchado de sangre, mirando incrédulo la escena, no sabiendo qué hace en esa situación. Otra vez la punzada en la cabeza, ahora no es una imagen, son muchas: ese hombre y yo sentados en una mesa junto a sendos platos de comida, hablando, yo intentando escapar de aquí por una puerta giratoria. ¿Ya lo he vivido o todavía está por venir? Olor a naftalina, fuerte, penetrante. Dejo de mirar la ventana. Una mujer mayor, vestida como si tuviera cuarenta años menos, al final del pasillo, me pregunta con voz de hombre: “¿lo sabes o no lo sabes?”. Alguien se acerca corriendo. Me entra miedo. Lo sé, me digo a mí mismo, y echo a correr.

 

Pasa a la Habitación 7

Anuncios

2 thoughts on “Cesuras: psiquiátrico cerrado – Habitación 19

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s